Hacía tiempo que quería abordar este tema: Cómo crear personajes originales. El objetivo de la asignatura es bastante evidente, ¿no? Se trata de conseguir que los personajes de tu novela (especialmente los principales) sean memorables, destaquen y llamen la atención del lector por su originalidad y su marcada personalidad. ¿Existe algún método o directrices para conseguirlo? Vamos a ello.

Pero antes de entrar en materia, es imperativo visualizar el propósito de nuestro personaje. No podemos pretender construir una identidad a partir de aspectos físicos. Las apariencias siempre engañan y nunca son definitorias a la hora de penetrar en el alma de un individuo. Con los personajes ocurre exáctamente lo mismo. No son tan simples como para mostrarse tal y como son en un primer vistazo, tampoco existe profesión capaz de definir completamente la identidad de alguien, ni existe un propósito vital lo suficientemente fuerte como para que toda la esencia de un ser esté constituida por su resolución. Esto último es tan absurdo como el villano que se llama Inferno Von Pesadilla. No es muy lógico que unos padres llamen a su hijo “Inferno” y el niño firme la casita de macarrones del colegio con Inferno Von Pesadilla. Aún así no son pocos los villanos cuyo nombre y motivación de nacimiento ya va enfocada a destruir o dominar el mundo. Al igual que el héroe de turno, predetistando a salvar el mundo, cuya única razón existencial es vivir y morir por los demás. No, las cosas no funcionan así. La gente cambia con el tiempo y los personajes también. Un buen personaje necesita una razón de ser en base a experiencias vitales y a una marcada personalidad, pero nunca al contrario

Para ello, lo primero que necesitamos discernir es la función que desempeñará el personaje en la historia como elemento narrativo. A partir de ahí, le forjaremos una personalidad que vaya encaminada a un propósito.

La función del personaje

El arma de Chejov lo expresa bien claro: no metas en una historia elementos, y mucho menos personajes, que no cumplan una función relevante en la misma. Esto no quiere decir que hasta el panadero deba tener un trasfondo espectacular y heróico, sino que su aparición ha de tener un significado, más o menos relevante, dentro de la trama general. Por ello, todo personaje que existe en una novela tiene un cometido dentro de la misma. Y para conducir al lector hacia pistas falsas está el Red Herring.

Hazte esta pregunta: ¿Para qué necesito a éste personaje en la historia?

Si la respuesta es: me apetece que en mi novela haya un personaje con el pelo azul. ¡Mal! No puedes reducir la existencia de un personaje al color de su pelo. Si quieres tener un personaje con el pelo azul, otorgale este rasgo a uno de los que ya tienes y que realmente ocupan un papel necesario en la acción.

Tu respuesta tiene que ir enfocada a los conflictos y acontecimientos que tienen lugar en la historia. Por ejemplo: Tu novela va de crímenes, es una novela policiaca, el protagonsita es un detective brillante que nunca ha fallado a la hora de encontrar al asesino. Para que el detective haga su trabajo necesitas, como mínimo, un asesino y una víctima. Ya son dos papeles libres para asignar a nuevos personajes. A partir de aquí podrás incluir aspectos originales que aporten personalidad a los distintos personajes de la historia, pero deberás mantener siempre su función intacta.

La clave de la originalidad: De Silver a Luffy

Vale, supongamos que ya entiendes la función que debe ocupar tu personaje en la historia. Pero si pretendes que su construcción no sea arquetípica y sosa, necesitarás aderezar al personaje con elementos que sean originales y le den ese toque especial que necesita. Por poner un ejemplo: Tengo un personaje que es un pirata. Tiene una pata de palo, un garfio, un parche en el ojo, un sombrero de tres picos, una espesa barba y hasta un loro parlanchín en el hombro. Es rudo, temerario, ambicioso y avaricioso.

¿Es original este personaje? Obviamente no.

Si digo “pirata”, automáticamente es esta la descripción que a todos se nos viene a la cabeza. Puede tener cualquiera de estas características, sí, pero solamente aquello que sea imprescindible. No existe una Universidad de Piratería donde entre los requisitos para recibir el título de pirata son perder un ojo y una pierna, y que tu mascota sea un loro. No añadas detalles que no enriquezcan al personaje, solo por el mero hecho de que son clichés.

Lo que realmente importa del personaje es su identidad, no su profesión. Y aunque todos los oficios están plagados de clichés, no por ello nuestro personaje va a ser uno de ellos. Ni siquiera necesita tener rasgos característicos de su profesión para ser considerado como tal. ¿Quieres un buen ejemplo? Luffy D. Monkey, de la archiconocida obra de Eiichiro Oda, One Piece. Luffy es un pirata. De hecho, todo cuanto le envuelve gira en torno a la piratería. Pero el personaje no tiene ningún rasgo característico de pirata. Es un joven de pelo oscuro, con un sombrero de paja, chaleco rojo y pantalones playeros. Si lo descontextualizamos, nadie se imaginaría jamás que fuese un pirata. ¿Es por ello un mal pirata? No, es un gran personaje y también un gran pirata.

Pero tampoco hay que irse a un lado tan extremo como Luffy. Un pirata arquetípico también puede ser un gran personaje si usamos bien nuestras cartas. Y si no que se lo digan al pirata más famoso de la literatura juvenil: Long John Silver, de La Isla del Tesoro de Robert Louis Stevenson. Él tiene una pata de palo, sombrero de tres picos, un loro en el hombro y una personalidad ruda y ambiciosa. Entonces surge la pregunta, ¿por qué, aún así, es un personaje único e irrepetible? Basta con desmontar el oficio de Silver y escamondar hasta el último atisbo de piratería. El resultado es un individuo con un corazón fuerte y una experiencia vital que le han empujado hasta un oficio que ni él mismo entiende del todo. En el fondo es un hombre honesto, justo y cariñoso a su manera. Unos rasgos que, en principio, parecen ser incompatibles con un pirata. Todo lo demás que arropa al personaje es un disfraz. La profesión de nuestros personajes es, siempre, un disfraz. Es la herramienta que usamos para crear primeras impresiones en el lector y en el resto de personajes al relacionarse entre ellos. Pero, más allá de la pata de palo y el loro, no hay nada determinante. Y es que hasta los personajes de ficción son superficiales y se dejan llevar por las apariencias.

La originalidad no depende de la profesión, ni del aspecto, ni de la mascota. Un bombero con bufanda y un mapache en el hombro no es más original que estridente. La excentricidad no es sinónimo de originalidad. Lo único que aporta chispa a un buen personaje reside en el cuidado con el que se ha forjado su identidadSi al bombero con bufanda lo acompañamos con un buen trasfondo y una excusa de peso que justifique porqué lleva bufanda dentro de un incendio, tendremos algo más que un mero personaje con un aspecto llamativo y singular.

Piensa en qué aspectos de su pasado pueden aportar originalidad a tu personaje. La originalidad no es algo meramente estético. Una personalidad pecualiar, un tic nervioso, una manía muy concreta o una aficción inusual son determinantes a la hora de discernir lo original que es un personaje respecto a otro. No te limites a un color de ojos o cabello atípico, o a complementos fuera de la moda. Tus personajes son mucho más que meros maniquíes.

Nada es nuevo

Pero oye, tampoco te vuelvas loco buscando un concepto que sea original y único en todos los aspectos. Todo personaje bebe de un arquetipo más o menos explotado. Es imposible crear algo de la nada. Todo, absolutamente todo, puede relacionarse de algún modo con algo o alguien que ya existe. Asimismo, no podrías crear un personaje pirata si nunca hubiesen existido los piratas. Y tampoco podrías crear un personaje que sea un hada si nunca han existido los cuentos de hadas. Difícilmente podrías imaginar algo así si tu mente no ha concebido la idea raíz que ha dado pie a todos estos conceptos literarios.

Y si aún con todo crees que tu personaje es 100% original y único, pérmiteme que te diga una cosa: Los Simpsons ya lo hicieron.