No somos pocos los amantes de los juegos de rol, y es que este género ha ido ganando multitud de adeptos en los últimos años. Aquí, en Inteligencia Narrativa, sostengo la idea de que la narrativa que deriva de este tipo de juegos, ejerce un papel revolucionario nunca antes visto en novelas o películas. Es una nueva forma de contar historias, viviéndolas desde una perspectiva personal y única. Una manera magistral de experimentar las vivencias del protagonista en nuestra propia piel. Definitivamente, los juegos de rol son mucho más que simples juegos, son arte.

Pero, ¿qué es un juego de rol? Consiste en contar un cuento, una historia, o narrar una aventura, pero con la participación activa de quienes la escuchan. Esta es una definición genérica, pero precisa.

Los que seáis menos avezados en el término “rol” estaréis un poco despistados, quizá os parezca algo demasiado complejo de entender. Pero la verdad es que no, el rol es todo lo contrario: una práctica sencilla que cualquiera puede llevar a cabo desde la inexperiencia más absoluta. La única herramienta imprescindible es la imaginación.

Pero vayamos por partes… ¿de dónde surgieron los juegos de rol?

Los juegos de rol han derivado de algo tan antiguo como el teatro. Ya en la antigua Grecia se representaban funciones teatrales, donde el elenco llevaba a cabo una obra ocupando distintos roles a lo largo de varias escenas.

Pero no sería hasta el siglo XVI, en Europa, donde surgiría una nueva vertiente teatral que podría considerarse, en cierto modo, el primer “juego de rol” (recalco comillas) de la Historia.

Por aquel entonces se extendió una curiosa moda entre los grupos ambulantes de actores a la que llamaron teatro improvisacional, o teatro improvisado. Consistía en plantear una situación, una escena, y colocar en ella un reparto de personajes variopintos. Los actores improvisaban sobre el escenario, limitándose únicamente a interpretar el papel que tenían asignado.

En 1966, William Gamson, un reputado profesor de sociología, inventaría una novedosa técnica didáctica para enseñar a sus alumnos a entender situaciones y vidas ajenas en otras épocas. Para ello se valió de un sistema de roles y situaciones aleatorias que sus alumnos debían llevar a cabo e interpretar correctamente.

Poco después, ya en la década de los 70, dos soñadores llamados Dave Arneson y Gary Gygax se pasarían días enteros en su garaje, perfeccionando lo que hoy conocemos como Dungeons & Dragons. El juego de rol por antonomasia. Nacido de toda la fantasía épica de la que tanto había bebido Gygax durante su infancia.

En un juego de rol el Director del Juego, o Narrador, es el encargado de contar una historia, facilitada por los manuales pertinentes. Los jugadores encarnarán a los personajes que deseen y vivirán aventuras en un mundo predispuesto ante ellos.

Aún dicho todo esto, la mejor forma de entender el rol es probándolo.

Pero centrémonos en el asunto que nos atañe ¿Por qué son tan adictivos? ¿Por qué nos encantan? En mi caso personal he llegado a estar días enteros, con noche incluida, jugando al rol. Y estoy seguro de que no soy el único que ha visto ponerse y salir el Sol en la misma partida.

Lo mismo se puede decir de los videojuegos del género RPG (Role Playing Game), creados y diseñados con la intención de ser adictivos de principio a fin, logrando que muchos de nosotros nos pasemos horas y horas realizando actividades tan fútiles como matar goblins, farmear porings, jabalís, o el limo de turno.

La clave de esta adicción reside en el factor “recompensas pequeñas a corto plazo, que sostienen una gran recompensa a largo plazo”. El hecho de que nuestro personaje mejore con cada acción, por insignificante que esta sea, nos hace percibir el tiempo invertido como algo útil. Pues hasta la acción más nimia nos está acercando un poco más al nivel máximo.

Pero el objetivo nunca consiste únicamente en llevar a nuestro personaje a su máximo nivel de poder, sino que además existen metas intermedias que hacen que el ascenso no sea tan tortuoso y nos invitan a subir poco a poco dentro de una gran escala. Es decir, mediante recompensas pequeñas a corto plazo el proceso hasta una meta final se hace más llevadero. De esta clave beben muchos juegos de rol, y consiguen que sean realmente adictivos.

Otro gran aliciente del rol es la posibilidad de elegir qué queremos ser y cómo queremos actuar. Esta es quizá su característica más conocida, y probablemente la más disfrutable e influyente. Entra en juego algo tan íntimo como la personalidad, lo que nos conecta aún más con nuestro personaje, creando unos lazos que, por lo general, no nos molestaríamos en crear ante un protagonista con quien no compartimos facetas ni aficiones. Por este motivo, participar en un juego de rol puede resultar más estimulante que leer una novela.

No hace falta ser un experto en sociología y/o conductismo, es evidente la necesidad que tienen las personas por parecerse a ese alter ego que tanto les motiva. Ese “otro yo” que representa el máximo exponente de todas nuestras facetas y virtudes. Algo inalcanzable para muchos, pero que en una partida de rol es posible para cualquiera.

En una ficha de un personaje de rol se manifiesta nuestra personalidad, nuestras preferencias, nuestra opinión. Del mismo modo que en un videojuego RPG somos nosotros (o un avatar de nosotros mismos) quienes actuamos en favor de nuestra voluntad. Eso hace del juego algo increíblemente íntimo, como si una parte de nosotros realmente estuviese ocupando ese trozo de papel, o ese puñado de píxeles de la pantalla. Súmale a eso la posibilidad de mejorar, de ser alguien único e invencible. De alcanzar todas tus metas y lograr que las cosas sean tal y como tú quieres. Sabiendo esto, resulta totalmente lógico que el rol sea algo tan adictivo.

Y yo, en lo personal, no me arrepiento de un solo minuto invertido en ello. Pues hablamos de una actividad que favorece multitud de áreas, como la imaginación, la creatividad, la lógica, la conducta, la ética… Como actividad de ocio, a nivel pedagógico no tiene rival.

Ojalá todas las cosas adictivas fuesen así de benignas.