Un buen escritor sabe aprovechar las flaquezas que nos caracterizan como especie. Una de estas flaquezas es la inconsciente necesidad de generar prejuicios.

Un prejuicio, así tal cual, copypasteado de Wikipedia, es el proceso de formación de un concepto o juicio sobre alguna persona, objeto o idea de manera anticipada. En términos psicológicos, es una actividad mental inconsciente que distorsiona la percepción.

Hay personas más abiertas de mente y tolerantes, cuyos prejuicios llegan a ser mínimos. No obstante, siempre quedan resquicios que les hacen dudar o desconfiar, aunque sea por un instante, en base a un concepto o idea preconcebida que no tiene niguna base sólida como argumento.

En base a esto, un escritor astuto aprovecha los prejuicios como herramienta narrativa y así consigue llevar al lector por donde él quiere. En realidad, un escritor sabe lo que está pensando en cada momento aquel que lee su novela o relato.

Los prejuicios hacia los personajes de ficción

Todo personaje de cualquier obra de ficción puede dividirse en dos facetas: lo que es y lo que el lector cree que es. Rara vez, ambas cosas son la misma. Sobretodo al principio, cuando el contacto con el personaje y el lector es mínimo.

El trabajo del escritor consiste en saber gestionar esta información para propiciar el suspense y despertar el interés del lector. Un personaje tan simple que todo su mundo interior se puede describir en dos frases, es un personaje plano. Es un estereotipo o peor, un cliché. Ni siquiera un personaje secundario, terciario… incluso cuaternario, debería quedar reducido a esto. Nadie es tan simple. Hasta un bebé de dos años tiene más mundo interior que eso. Imagina entonces el absurdo que representa un adulto que se puede describir en su totalidad con dos o tres adjetivos y un par de rasgos de personalidad.

Al igual que ocurre con las personas, los personajes no se muestran tal y como son así como así. No abren su corazón al primer desconocido, ni desnudan su alma completamente a la primera de cambio. Quizá, en las situaciones más emotivas, se aprecie un atisbo de la auténtica faceta del personaje. Pero no serán más que pistas o esbozos de una personalidad compleja, aún por descubrir. No sabemos quienes somos realmente hasta que no nos ponen al límite. Y con los personajes de ficción no es distinto.

Todos tenemos prejuicios

No seamos hipócritas: todos tenemos prejuicios. Si vamos por una calle a altas horas de la madrugada y podemos elegir entre cruzarnos de frente con un tipo corpulento, embutido en cuero, lleno de tatuajes, piercings y una cicatriz en la cara o cruzarnos con una señora con un vestido con un estampado de flores que pasea un carrito de bebé, la decisión es clara. No son prejuicios, es sentido común. Puro instinto de supervivencia, dirían algunos. La mujer del carrito podría ser una psicópata que pasea un carro vacío y lleva a la simiente de Cthulhu debajo de su vestido. Mientras que el tipo de los tatuajes puede ser una maravillosa persona con un gusto muy pronunciado por el negro y las cosas brillantes.

En cualquier caso, el lector caerá en todas las trampas que le tiendas, siempre y cuando recurras a situaciones como la anterior. Siembra tus trampas en aquellas que despiertan los prejuicios que apelan a la parte más primitiva y burda del ser humano. Racionalmente, los prejuicios son un sinsentido, por ello debes poner al lector en una encrucijada u optar por falsas premisas que refueren la decisión menos tolerante.

Engañar al lector es tan fácil como engañar a un niño

El pacto ficcional es la herramienta que da ventaja al autor respecto al lector. Valiéndote de ésta, puedes urdir tretas y engaños en la narración, con el fín de manipular la información y despistar al lector. Pero hey, recuerda que el lector no es tu enemigo. No es alguien a quien tengas que humillar. Al contrario, tu misión es que disfrute y se sorprenda con tu historia todo lo que sea posible, aunque tengas que jugar sucio para conseguirlo. Esto también lo sabe el lector, él sabe que vas a esforzarte en hacerle pasar un buen rato entre tus páginas, por lo que se mostrará tan crédulo como un niño ante todo lo que le digas. No importa si el lector es un adolescente torpe o un adulto letrado, caerá en todas tus tretas narrativas si sabes cómo usarlas a tu favor.

Ten en cuenta que nunca debes mentir esplícitamente. Un narrador omnisciente no puede, bajo ningún concepto, aportar información errónea con la única intención de mentir al lector. Tienes que ser más inteligente, jugar con las palabras y buscar el doble sentido a todo lo que narres. Pero nunca mientas.

Vamos con un ejemplo práctico de cómo engañar al lector (y sin mentiras):

Imagínate un personaje serio e inexpresivo, con un deje de severidad y desconfianza cuando habla. Enlutado hasta los tobillos y con el tatuaje de un lobo devorando a un hombre en su cuello. Tiene una gran cicatriz que surca su cara de lado a lado y otra pequeña en forma de luna en el mentón.

Bastan dos frases para hacerte desconfiar de este personaje. Pero hay más.

La trama avanza y este siniestro individuo se pasa varias semanas espiando a un grupo de niños del orfanato desde el otro lado de la verja con mirada inquisitiva. Un día, entra en el recinto y secuestra a una niña. Durante la huida, golpea violentamente a una de las monjas más ancianas del orfanato, que casi se rompe los huesos al caer contra el suelo.

¿Terrible, verdad? Ya debes de estar empezando a odiar a este tipejo tan desagradable. Pues hay más.

Este villano se sale con la suya y escapa con la niña. La lleva a un piso franco y la encierra en una habitación. Tiene a la niña sin comer durante días, alimentándola únicamente a base de agua rancia y amarillenta.

A estas alturas ya querrás que alguien dispare a este tipo, ¿verdad?

Pues ahora es cuando viene la historia desde el punto de vista de nuestro presunto villano:

Gabriel es un hombre triste y solitario. Una pena que ha arrastrado por diversos traumas de la infancia, acaecidos durante su residencia en un orfanato donde era maltratado día y noche por las monjas. Hasta que un día, decidió fugarse. Pero en el último momento, cuando estaba a punto de saltar la verja exterior, el guarda del recinto lo pilló infraganti. Como castigo, quiso apalearlo allí mismo. Pero un perro con el que Gabriel solía jugar en el patio, saltó en su ayuda, atacando violentamente al guarda. Gabriel aprovecha el momento para escapar.

Después de ese día, decidió tatuarse la escena del perro atacando al guarda, como remembranza del momento y del héroe peludo que le salvó la vida. Y aunque pasaron los años, el duro recuerdo de aquellos años no se borraba con el tiempo. Ni tampoco las cicatrices del maltrato, que quedaron para siempre en su rostro. Pero lo peor para Gabriel no era eso, sino pensar que otros niños seguían allí, sufriendo, año tras año. Entonces decidió intervenir y trazó un plan: Sacaría de allí a alguien que pudiese testificar de su lado contra el orfanato. Necesitaba la ayuda de un niño que estuviese viviendo aquello en su propia carne, en el presente.

Gabriel dedicó unos días a vigilar el recinto, en busca de alguien. Tenía la esperanza de que las cosas hubiesen cambiado, pero al contrario: habían ido a peor. Descubrió que la comida que le daban a los niños no era más que sobras que amontonaban en un almacén lleno de ratas. Hasta vio como una monja propinaba una dura paliza a una niña, simplemente por hacer más ruido de la cuenta mientras jugaba en el patio. Repugnado, entró al orfanato, agarró a la niña y golpeó a la vieja monja que tantas palizas le propinó a él y los otros niños durante su infancia. Escapó. Se llevó a la niña a un piso franco y la dejó en una habitación para que se calmase, dándole de beber únicamente agua con un digestivo para que echara toda la comida tóxica que había estado ingiriendo. Después del lavado de estómago y cuando la pequeña estaba más tranquila, Gabriel habló con ella y le explicó la situación. Entonces, fueron a la policía y juntos denunciaron a aquel orfanato de pesadilla.

Es la misma historia, desde dos puntos de vista completamente distintos.

Aún conociendo el contexto y estando sobre aviso, apuesto a que al principio te caía mal éste personaje. Pero ahora, al conocer la historia completa, has cambiado de opinión, ¿verdad? Así es como debe jugar un escritor con la información que suministra al lector: en pequeñas dosis y aquellas que más le convienen. Y cuando llega el clímax y se revela el pastel, la sorpresa está servida.

Pero también puedes ir más allá: Puedes engañar dos veces al lector con el mismo truco, quizá incluso tres. Basta con amontonar falsas premisas una encima de otra, hasta descubrir cuál de todas es la verdadera. Esto, presumiblemente, se debe revelar al final.

¿Y si Gabriel, en realidad, lo único que quiere es vengarse de una forma repulsiva y terrible? Quizá su plan consiste en asesinar a la pobre niña y acusar a las monjas del crimen.

O puede que simplemente esté interesado en vengarse, en lugar de en ayudar a los otros huérfanos. Lo que revelaría que Gabriel es más egoísta y perverso de lo que nos dio a entender al contar su versión.

Quizá solo piensa en el dinero y en ganar una indemnización por lo que le hicieron.

O puede que esto último solo sean excusas para no perder su fama de hombre temible y siniestro.

Un detalle puede cambiarlo todo.

El Red Herring

En literatura, un red herring es una falsa pista que lleva a los lectores o personajes hacia una falsa conclusión. Se trata de utilizar una maniobra de distracción, para que el auténtico propósito pase completamente desapercibido.
El mejor ejemplo que se me ocurre y que ilustra esto a la perfección es Severus Snape en Harry Potter y la Piedra Filosofal. El profesor Snape es presentado como un hombre siniestro y oscuro, que desprecia al protagonista y que además realiza acciones que le incriminan como antagonista. No obstante, para sorpresa de todos, Snape no solo no era enemigo del protagonista, sino que trataba de protegerle del verdadero villano que, gracias a las falsas pistas que incriminaban a Snape, pudo pasar desapercibido hasta el final.

El fin puede justificar los medios, pero no los motivos

Las acciones no siempre revelan la autenticidad del personaje. Lo que realmente muestra a un personaje tal y como es es la motivación que le mueve a realizar esas acciones.

Un ejemplo sobre este último punto:

Un personaje salva a un niño de un incendio. Vamos a plantear dos motivos posibles:

Opción A: Iba paseando por la calle, vio un incendio y escuchó a un niño gritar. Se envalentonó, entró y lo salvó.

Opción B: Estaba robando en una casa. La casa vecina se incendió. Vio que la policía y los bomberos empezaron a rodear la manzana. No podía salir de allí con la policía en la puerta, porque no era su casa. Por miedo a ser descubierto, recogió a un niño que fortuitamente encontró acorralado por las llamas. Argumentando que entró a la casa porque escuchó al niño gritar mientras paseaba, se salva de la acusación de ladrón y se convierte en héroe.

Desde el punto de vista de la policía, los bomberos y los vecinos en bata, ese hombre es un héroe. No importa si su motivación fuese A o B, porque los otros personajes ignoran los detalles que completan la historia. Si el autor así lo quiere, puede incluso engañar al lector y hacerle pensar que el ladrón es un héroe. Basta con omitir el hecho de que es un ladrón y que su motivación era la supervivencia. Si no hubiese sido por la situación, esa persona habría abandonado al niño sin más. Aunque también es divertido indignar al lector, mostrándo como los personajes elogian a un criminal por algo inmerecido. Todo depende de cómo quieras gestionar esa información, de cuándo quieras revelársela al lector y por qué.

No tengas miedo en manipular la información de tu novela o relato, omitiéndola o tergiversándola. El truco está en no mentir  nunca esplícitamente. Si lo haces, aunque solo sea una vez, perderás la confianza del lector. En cierto modo, un escritor es como esos abogados que buscan recovecos legales para exculpar a un criminal. Todo en pos de una narrativa dinámica y llena de sorpresas.