A menudo me sorprendo al comprobar lo poco que sabemos de nuestra propia literatura, siendo más conscientes de la extranjera que de aquella que forma parte de nosotros. Hace unos días, unos amigos con amplios estudios en Literatura Española e Hispanoamericana me hablaban de todo lo que nuestra literatura ha aportado al mundo de las letras y de toda la riqueza que yace en ella.

La literatura siempre ha sido un reflejo cultural del lugar donde nace. Cada novela y ensayo contiene una impronta social heredada de su autor, que nos deja entrever cómo piensa y siente el mundo que le rodea. Y no es casual que la literatura española e hispanoamericana vayan siempre de la mano. Es una prueba más de cómo una lengua y un pasado en común es capaz de unir diferentes continentes y hermanarnos a todos bajo una misma forma de entender el mundo.

Literatura española e hispanoamericana y el realismo mágico

Un sacerdote que levita mientras celebra la misa. Una madre que vive en Ohio después de la Guerra Civil con el niño que asesinó. Un camino que solo conduce a su destino cuando vas silbando una canción en concreto. Un niño nigeriano pobre, que es también un abiku (un espíritu infantil) que lucha contra políticos corruptos para permanecer en la tierra de los vivos.
Bienvenido al realismo mágico: un tipo de narrativa donde la magia surge de forma maravillosa e inesperada en un contexto realista. El contraste entre lo fantástico y los elementos reales se convierte en algo exquisito cuando la magia se presenta como un elemento cotidiano pero cargado de significado.

El término “realismo mágico” fue utilizado por primera vez por el crítico de arte alemán Franz Roh en 1925 para describir un nuevo estilo de pintura europea. Estas pinturas, a diferencia de las obras de arte surrealistas típicas de la época, no estaban enfocadas en la fantasía. Representaban los paisajes urbanos europeos tradicionales, creando una sensación de misterio a través de detalles estilizados y una atmósfera estéril. Tales pinturas ahora se conocen comúnmente por otros términos tales como hiperrealismo o pintura metafísica. Es decir, la primera vez que se acuñó el término, el significado distaba mucho de ser lo que a día de hoy entendemos por realismo mágico.

Y es que este género solo cobró realmente fuerza cuando se manifestó en la literatura.

La etiqueta se utilizó por primera vez en América Latina para describir la fantasía mundana y metafísica de escritores como el argentino Jorge Luis Borges y el europeo Franz Kafka. Estos textos usaban la magia para proclamar una identidad independiente para América Latina, aunque las auténticas novelas de realismo mágico utilizan esa magia de manera más irónica o satírica.

La archiconocida publicación de 1967, Cien años de soledad, está considerada como el texto realista mágico arquetípico. Escrita por el novelista colombiano y Premio Nobel, Gabriel García Márquez, Cien años de soledad desencadenó un “boom” sin precedentes en la literatura latinoamericana. No es descabellado decir que García Márquez es el auténtico padre del realismo mágico. No solo por haber sido el detonante del género, sino por su magistral forma de emplearlo a través de la ironía y la sátira.

En la década de 1980, el éxito del libro había provocado una avalancha de novelas realistas mágicas a nivel internacional. Los Niños de Medianoche de Salman Rushdie (1981) ganaron el Premio Booker en 1981 y fueron adaptados para la gran pantalla. La Casa de los Espíritus (1982), de la escritora chilena Isabel Allende, fue un bestseller aclamado por la crítica y también tuvo su propia película.

A día de hoy, tal es la abundancia de novelas de este estilo, que el realismo mágico se ha convertido en un género literario.

Con sus raíces en las pinturas de las ciudades europeas después de la Primera Guerra Mundial, el realismo mágico ha evolucionado hasta convertirse en una forma literaria política e irónica, que mezcla la fantasía de un modo nunca antes visto. Y es que por mucho que pensemos que ya todo está escrito y que los géneros son los que son, siempre habrá alguien que hallará la forma de crear algo totalmente nuevo, valiéndose de los ingredientes más clásicos de la literatura. Así es como funciona el arte, y por eso nos encanta.