3 tipos de diálogos

Es innegable que la mejor manera de aprender y mejorar con la escritura de diálogos es observando y prestando atención a los grandes autores. La composición de diálogos depende del escritor; los hay que se apoyan mucho en estos para transmitir y avanzar en la trama y otros, simplemente, solo incluyen diálogo cuando es estrictamente necesario, relegando las palabras a un plano meramente decorativo y dejando que sean las acciones las que hablen por sí solas.

Es crucial entender que un diálogo es una comunicación oral, por lo que dar por sentados aspectos externos, como los gestos, es un gran error. Un diálogo debe transmitir en resonancia a cómo esté gesticulando o lo que esté haciendo en ese momento el personaje. La coherencia es esencial para que un diálogo resulte creíble.

Si, por ejemplo, el personaje está cortando leña mientras habla, éste tendrá la voz jadeante y hará pausas con cada corte. No basta con que el narrador lo cuente, debe plasmarse también en el diálogo verbalizándose. La imaginación del lector es muy poderosa y le molestará visualizar escenas incoherentes, como al leer el diálogo de un personaje que está haciendo un intenso esfuerzo físico mientras se comunica con total parsimonia, como si en lugar de cortar leña estuviese tomando el sol en la playa. Son detalles insignificantes que marcan la diferencia.

A continuación os muestro tres modelos de diálogos: visuales, cegados y teatrales. 

Diálogos Visuales

Cuando los gestos dicen más que las palabras, hablamos de diálogos visuales. Son aquellos donde un personaje utiliza su lenguaje corporal más que sus palabras como vía para comunicarse, ya sea porque carece de voz, se desconocen sus intenciones, miente o se contradice. En definitiva, su cuerpo transmite más información que sus palabras. Los diálogos visuales se caracterizan por el uso de pocas palabras. Podría decirse que es como el diálogo indirecto, y utilizando la voz de los personajes exclusivamente para reforzar ciertos gestos y acciones.

Fragmento de Un Mago de Terramar, Ursula K. Le Guin, 1968.

Había otros viajeros sentados a las mesas de la taberna, dos o tres mercaderes del Confín Este, pero la mayor parte de los parroquianos eran lugareños que iban en busca de buena cerveza, noticias y conversación. No eran tímidos y rústicos como los humildes pescadores de las Manos; eran verdadera gente de ciudad, alerta y reposada. Sin duda reconocieron en Ged al hechicero, mas nadie dijo una sola palabra excepto el posadero, quien en medio de la conversación (y era por cierto un hombre muy locuaz) mencionó que ese burgo, Ismay, tenía la suerte de compartir con otros burgos de la isla el inestimable tesoro de un hechicero consumado, de la Escuela de Roke, que había recibido la vara de manos del Archimago en persona, y que si bien por el momento estaba ausente, vivía en Ismay, en una casa solariega, de modo que no les hacía falta ningún otro practicante de las Altas Artes.
—Como bien dicen, dos regidores en la misma ciudad terminan a los palos. ¿No es así, Señor? —dijo el posadero con una sonrisa maliciosa.
Así fue informado Ged de que si era un hechicero trashumante, que buscaba ganarse la vida obrando sortilegios, allí no lo necesitaban. Despedido de Vemish sin miramientos, y ahora de aquí con frases algo más circunspectas, recordaba con extrañeza lo que le habían contado de la cordialidad de las gentes e este Confín del Levante. Porque esta isla era Iffish, donde había nacido su amigo Algarrobo. No parecía tan hospitalaria como él había dicho.
Eran caras amables sin duda las que veía alrededor. Sin embargo, era también evidente que adivinaban la verdad, que algo lo separaba, lo aislaba de ellos, que sobre él pesaba una maldición y que iba en pos de una cosa siniestra. En aquel salón iluminado por las llamas, la presencia de Ged era como una ráfaga de viento frío, como un pájaro negro que una tempestad había traído de tierras extrañas. Cuanto antes se fuera, llevando a cuestas aquel destino maldito, tanto mejor sería para las gentes del burgo.

Diálogos Cegados

Es conveniente que el buen escritor se acostumbre a escribir diálogos que expresan por sí mismos desde la voz y el sonido. Aún cuando el lenguaje corporal de los personajes es un instrumento de gran utilidad para reflejar emociones y segundas intenciones, no conviene caer en la necesidad de tener siempre una descripción para cada diálogo.

Al principio de Luces del Norte, de la saga La Materia Oscura de Philip Pullman, se presenta un tipo de diálogo muy peculiar, que ejemplifica perfectamente este concepto de diálogo. La protagonista, Lyra, se mantiene oculta en un mueble y lo único que percibe de la conversación son las voces. Podría decirse que ella percibe la conversación prácticamente igual que el lector, pues él, del mismo modo que Lyra, está completamente cegado hasta donde su imaginación le permite ver. Al carecer de visión para hacer descripciones físicas, es muy interesante el tipo de diálogo que se muestra y cómo Philip Pullman resuelve la escena de un modo magistral.

Fragmento de Luces del Norte, de Philip Pullman, 1995.

—Pero qué…
—… apenas humano…
—… ha sido…
— ¿… qué le ha sucedido?
La voz del rector los hizo callar a todos.
—Lord Asriel, en nombre de Dios, ¿pero qué nos trae aquí?
—La cabeza de Stanislaus Grumman —respondió la voz de lord Asriel.
En medio de aquella confusión de voces, Lyra oyó que alguien se dirigía dando traspiés a la puerta profiriendo al mismo tiempo sonidos incoherentes de desagrado. Lyra habría querido ver lo que veían ellos.
Lord Asriel explicó:
—Encontré su cuerpo conservado en el hielo a poca distancia de Svalbard. Este es el trato que sus asesinos dieron a su cabeza. Observarán el esquema característico del cuero cabelludo arrancado. Supongo que usted lo conocerá bien, vicerrector.
La voz del anciano sonó firme al responder:
—He visto hacerlo a los tártaros. Es una técnica que se practica entre los aborígenes de Siberia y del Tungusk. De allí se difundió, como es lógico, a las tierras de los Skraelings, aunque creo que actualmente ha sido prohibida en Nueva Dinamarca. ¿Me permite examinarla más de cerca, lord Asriel?
Después de un breve silencio, volvió a hablar.
—No tengo muy buena vista y el hielo está sucio, pero yo diría que hay un agujero en la parte superior del cráneo. ¿Estoy en lo cierto?
—Lo está.
—¿Trepanación?
—Exactamente.
Esto provocó un murmullo de excitación. El rector se apartó y Lyra pudo ver de nuevo lo que sucedía. El viejo vicerrector, situado en el círculo de luz del proyector, sostenía un pesado bloque de hielo muy cerca de los ojos, en cuyo interior se encontraba encerrado un objeto que ahora Lyra distinguía muy bien: una masa informe y sanguinolenta que difícilmente habría podido identificarse como una cabeza humana. Pantalaimon revoloteó alrededor de Lyra, la inquietud del daimonion la afectó.
—¡Sssss! —le dijo en un murmullo—. ¡Escucha!
—El doctor Grumman fue en cierta ocasión alumno de este college —puntualizó el decano con voz encendida.
—Y acabó en manos de los tártaros…
—¿Tan al norte?
—¡Deben de haber llegado más allá de lo que se cree!
—¿No ha dicho usted que lo encontró cerca de Svalbard? —preguntó el decano.
—Exactamente.
—¿Debemos deducir que los panserbjyrne tienen algo que ver con esto?
A Lyra la palabreja no le decía nada, pero resultaba evidente que era reveladora para los licenciados.
—Imposible —afirmó con decisión el licenciado Cassington—, jamás se han comportado de esta manera.
—Entonces quiere decir que usted no conoce a Iofur Raknison —intervino el profesor Palmerian, que había protagonizado varias expediciones a las
regiones árticas—. No me sorprendería lo más mínimo que le hubiera dado por arrancar cueros cabelludos humanos a la manera tártara.
Lyra volvió a mirar a su tío, que observaba atentamente a los licenciados con una cierta ironía sardónica, aunque sin hacer comentario alguno.
—¿Quién es Iofur Raknison? —preguntó alguien.
—El rey de Svalbard —respondió el profesor Palmerian—. Sí, en efecto, uno de los panserbjyrne. En cierto modo, un usurpador, porque se abrió subrepticiamente camino hacia el trono… o eso me han dicho, aunque no por ello deja de ser un personaje importante y que no tiene un pelo de tonto, pese a sus ridículas extravagancias, ya que se ha hecho construir un palacio de mármol importado y ha fundado lo que él llama una universidad…
—¿Para quién? ¿Para los osos? —soltó uno, provocando la carcajada de toda la concurrencia.
Pero el profesor Palmerian prosiguió:
—Debido a todo ello, puedo asegurarles que Iofur Raknison sería capaz de haberle hecho esto a Grumman. Al mismo tiempo, le complacería comportarse de forma totalmente diferente si se presentase la ocasión.
—Ya sabe usted cómo, ¿verdad, Trelawney? —preguntó el decano con ironía.
—Por supuesto que sí. ¿Sabe qué le gustaría por encima de todo? ¿Más aún que un título honorífico? ¡Pues querría tener un daimonion! Si encuentran la manera de proporcionárselo, se lo habrán metido en el bolsillo para lo que haga falta.
Los licenciados soltaron una risotada.

Diálogos Teatrales

El escritor Andrzej Sapkowski es uno de los mejores escritores de diálogos que existen. En El Último Deseo, de la saga de Geralt de Rivia, podemos deleitarnos con diálogos increíblemente vívidos y reales. Es alucinante el modo en que Sapkowski desarrolla una escena omitiendo todo tipo de descripción posible. En lugar de ser él quien describe lo que está ocurriendo, son sus propios personajes quienes ejecutan las acciones a través de sus diálogos. Es un diálogo teatral, que facilita enormemente la inmersión del lector y dota a la escena de una viveza asombrosa.

Fragmento de El Último Deseo, Andrzej Sapkowski, 1993

Junto a la casa del alcalde, como siempre, había muchos carros. Geralt saltó de la silla, arregló
la espada de su espalda, echó las riendas a la cerca de madera. La muchedumbre que le había
seguido abrió un semicírculo en torno al asno.
Se podían oír los gritos del alcalde ya desde la puerta.
—¡Que está prohibido, digo! ¡Está prohibido, cojones! ¿No entiendes el cristiano, canalla?
Geralt entró. Delante del alcalde había un aldeano sujetando por el cuello un ganso que se
agitaba violentamente. El aldeano era pequeño y rechoncho y estaba colorado de la rabia.
—De qué… ¡Por todos los dioses! ¿Eres tú, Geralt? ¿No me engaña la vista? —Y de nuevo,
volviéndose al campesino—: ¡Llévate esto de aquí, sinvergüenza! ¿Estás sordo?
—M’han dicho —tartamudeó el aldeano, mirando de soslayo al ganso— qu’hay que dar algo
al señor, que si no…
—¿Quién te ha dicho eso? —gritó el alcalde—. ¿Quién? ¿Que yo qué, que acepto mordidas?
¡Esto no lo permito, digo! ¡Largo de aquí, digo! Bienvenido, Geralt.
—Hola, Caldemeyn.
El alcalde, apretando la mano del brujo, le palmeó los hombros con la otra mano.
—Hace ya dos años, creo, que no pasabas por aquí, Geralt. ¿Eh? Eres un culo de mal asiento.
¿De dónde vienes? Ah, su puta madre, qué más da de dónde. ¡Chacho, tráenos un par de cervezas!
Siéntate, Geralt, siéntate. Todo está muy liado, porque mañana es la feria. ¿Qué tal te va? ¡Cuenta!
—Luego. Primero salgamos.
En el exterior la multitud se había hecho dos veces mayor, pero el espacio libre alrededor del
asno no se había reducido. Geralt retiró la gualdrapa. La masa gritó y retrocedió. Caldemeyn se
quedó boquiabierto.
—¡Por todos los dioses, Geralt! ¿Qué es eso?
—Una kikimora. ¿No hay alguna recompensa por ella, señor alcalde?
Caldemeyn se apoyó en un pie y luego en el otro, mientras miraba la figura con aspecto de
araña, la marchita piel negra, los ojos vidriosos con pupilas verticales, los dientes de aguja dentro de
una boca ensangrentada.
—Dónde… de dónde…
—En el paredón, a cuatro leguas de la villa. En las ciénagas. Caldemeyn, allí debe de haber
muerto gente. Niños.
—¡Y toma, es cierto! Pero nadie… Quién podía pensar… Eh, vecinos, ¡a casa, a trabajar! ¡Esto
no es un circo! Tapa eso, Geralt. Se está llenando de moscas.
En la isba, el alcalde, sin decir una palabra, agarró una jarra de cerveza y la apuró hasta las
heces, sin apartarla de la boca. Suspiró pesadamente, se sonó la nariz.
—No hay recompensa —dijo sombrío—. Nadie se había imaginado siquiera que algo como
eso podía esconderse en las marismas. Verdad que unas cuantas personas habían desaparecido por
los alrededores, pero… Pocos son los que vagabundean por esos lodazales. ¿Y cómo apareciste tú
por allí? ¿Por qué no ibas por el camino real?
—Por los caminos reales no me es fácil ganarme un jornal, Caldemeyn.
—Lo había olvidado. —El alcalde apagó un eructo, inflando los carrillos—. Y tan tranquilos
que eran estos pagos. Si hasta los duendes sólo se les mean en la leche a las viejas muy de tarde en
tarde. Y va y te sale por ande menos te lo esperas una kochiomora de ésas. Parece que tengo que
darte las gracias. Porque pagarte, yo no te pago. No tengo un duro.
—Mala suerte. Me vendrían bien unas perras para pasar el invierno. —El brujo dio un sorbo
de la jarra, rozó la boca con la espuma—. Pienso irme a Yspaden, pero no sé si voy poder antes de
que la nieve cierre los caminos. Me puedo quedar atrapado en cualquier villorrio del camino de
Lutonski.
—¿Te vas a entretener mucho en Blaviken?
—Poco. No tengo tiempo para entretenerme. Se acerca el invierno.
—¿Dónde te vas a quedar? ¿Quizás en mi casa? Hay un cuarto libre en la troje, por qué vas a
tener que dejarte despellejar por los posaderos, menudos ladrones. Hablaremos un rato, me puedes
contar qué pasa por el mundo.
—Con gusto. Pero, ¿que dirá a esto tu Libusza? La última vez se notaba que no me apreciaba
demasiado.
—En mi casa las hembras no tienen voz. Pero, entre nosotros, no vuelvas a hacer delante de
ella lo que hiciste la última vez, durante la cena.
—¿Te refieres a que le tiré un tenedor a una rata?
—No. Me refiero a que le acertaste, y eso que estaba oscuro.
—Pensé que sería gracioso.
—Y lo fue. Pero no lo hagas delante de Libusza. Escucha, y esa… como se… kiki…
—Kikimora.
—¿La necesitas para algo?
—¿Y para qué? Si no hay recompensa, puedes mandar que la tiren al estercolero.
—No es mala idea. ¡Eh, Karelka, Borg, Nosikamyk! ¿Hay alguno de vosotros por ahí?
Entró un guardia con una alabarda sobre los hombros, rozando con estrépito la hoja en el
marco de la puerta.
—Nosikamyk —dijo Caldemeyn—. Toma a alguien que te ayude, coge el asno con la
guarrería ésa envuelta en la gualdrapa que está delante de la choza, llévatelo a las pocilgas y entierra
eso en el muladar. ¿Entendido?
—Como usted mande. Pero… Señor alcalde…
—¿Qué?
—Puede que antes de enterrar esa porquería…
—¿Qué?
—Podríamos mostrársela al Maestro Irion. A lo mismo se le ocurre algo.
Caldemeyn se dio una palmada en la cabeza con la mano abierta.
—No es ninguna tontería, Nosikamyk. Escucha, Geralt, puede que nuestro hechicero local te
afloje algo por esa carroña. Los pescadores le traen los peces raros, octópodos, klavatres y arenques,
más de uno se ha sacado unos cuartos con ello. Venga, vamos a la torre.
—¿Os habéis hecho con un hechicero? ¿Fijo o de vez en cuando?
—Fijo. El Maestro Irion. Vive en Blaviken desde hace un año. Un mago poderoso, Geralt,
con sólo mirarlo ya te das cuenta.
—Dudo que un mago poderoso dé algo por una kikimora —se enfadó Geralt—. Por lo que sé,
no es necesaria para la producción de ningún elixir. Seguro que vuestro Irion tan sólo me insulta.
Nosotros, los brujos, no nos llevamos bien con los hechiceros.
—Jamás he oído que el Maestro Irion haya insultado a nadie. No puedo jurar que pague algo,
pero por probar, nada se pierde. Puede que haya más de los kikimores ésos en las ciénagas, ¿y
entonces qué? Que el hechicero eche un vistazo al monstruo y si acaso que eche algún encantamiento al lodazal o así.
El brujo se lo pensó por un instante.
—Un punto para ti, Caldemeyn. Qué más da, arriesguémonos a un encuentro con el Maestro
Irion. ¿Nos vamos?
—Nos vamos. Nosikamyk, echa a esos críos y coge al burro del ramal. ¿Dónde está mi sombrero?

Lógicamente estos no son todos los modelos de diálogos que se utilizan en la narrativa, sería casi imposible clasificarlos todos de una manera exacta y concisa. Un diálogo admite cualquier composición; puede tener partes cegadas, otras visuales y la mayoría teatrales. Escribe tus propios diálogos manteniendo siempre una coherencia y un estilo acorde al desarrollo de la trama. El ritmo también es vital para saber qué tipo de diálogo es más conveniente en cada situación.

Espero que este post te haya animado a seguir mejorando tus diálogos. Si necesitas más consejos para escribir diálogos, aquí tienes 6 claves para mejorar los diálogos de tus personajes.